miércoles, 17 de marzo de 2010

¿Cómo debe ser un buen maestro?


Por Carlos Alberto Estévez


"Hay una sola pedagogía... la pedagogía del amor".


No lo escribió un predicador, ni un poeta, ni otra mujer u hombre que hayan hecho profesión de fe religiosa. El pensamiento pertenece a Federico Mayor Zaragoza, director general de la Unesco.Y como todo autorizado pensamiento que nos llega, merece su análisis. La meditación nos da la oportunidad de asimilar los conceptos de los otros, de atravesar los límites que imponen las palabras y llegar a una esencia conceptual, con la que podemos coincidir o no, pero a partir de la cual tendremos más posibilidad de enriquecer el bagaje de nuestras convicciones y ofrecer mejores frutos en el ejercicio de nuestras vidas.


La pregunta de todas las preguntas. Si la pedagogía nos ocupa, a partir de aquella definición surge una pregunta cuya respuesta es crucial en estos tiempos. Y aunque lo haya sido siempre, ahora, más urgente se presenta la necesidad de revisar conceptos y actitudes, y de confrontarlos con los resultados que tenemos a la vista.


Vienen ahora a mi memoria las palabras de un viejo profesor de Práctica de la Enseñanza en la querida y recordada Escuela Normal. Su advertencia nos sonaba en aquellos jóvenes años de aprendizaje como un fallo inapelable, una sentencia que nos empujaba a profundizar la búsqueda de nuevas estrategias pedagógicas: "Si el alumno no aprendió, es porque el maestro no supo enseñarle. Si el chico no se comporta, es porque el educador no supo inducirlo a construir escalas de valores".Entonces se nos clavaba en el alma la pregunta nunca satisfecha, que sobrevive hoy, después de más de tres décadas, con respuestas felizmente siempre abiertas: ¿Cómo debe ser un buen maestro?El saber y el ser podremos recorrer, hasta donde nuestras vidas nos den tiempo, todas las bibliotecas de pedagogía existentes en el mundo, y hallaremos conceptos, estrategias y claves que colmarán de optimismo nuestra avidez.


Escucharemos a cientos y miles de docentes, formadores de formadores, que acreditan con sus títulos y estudios de postgrado conocimientos superiores en la materia. Ellos nos dirán también muchas cosas que nos harán sentir como si tuviéramos las llaves maestras de la pedagogía. Esto es muy importante, necesario, imprescindible. Sin embargo nos dan el saber, pero no el ser.Luego sonará la campana, iremos al aula, se cerrará la puerta, y estaremos bien solos frente a veinte o treinta seres humanos en etapa de formación y crecimiento, nuestros alumnos de cada año, ante los cuales volveremos a preguntarnos por enésima vez: "¿Cómo debe ser un buenmaestro?".Esa imagen muchas veces desolada de algunos docentes que se esfuerzan y sienten (o comprueban) que quizás no llegan, tal vez demasiado presionados por aplicar esquemas teóricos aprendidos en horas y horas de estudio y lectura desvelada, se parece bastante a la del piloto querealiza un aterrizaje de emergencia en situación límite.



Cambiando impresiones sobre ese momento en que se cierran las puertas del aula, un viejo amigo, experimentado periodista y docente erudito, evocó unas palabras del recordado pugilista Oscar Bonavena: "Cuando suena el gong, te sacan el banquillo y todos se bajan del ringside, entonces te das cuenta qué solo que estás".Hay instantes en los que ya no hay tiempo de poner a prueba la memoria repasando teorías. Son momentos en los que "el saber" y "el ser" se convierten -deben fundirse- en una sola cosa. Separados, ninguno de los dos es suficiente. Juntos, florecen en actos a través de los cuales seasoma el genio escondido.Y a propósito del saber, el ser y el genio, en tren de recoger información que nos ayude a responder la gran pregunta, no es para nada descabellado escuchar también lo que piensan los chicos; y meditarlo.

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